Estudiar medicina era lo que él siempre había soñado desde niño. Nuestro protagonista es de esas personas a quien le encanta ayudar al prójimo, seguramente por los buenos modales que en su casa aprendió, aunque al final nunca llegó a ser tan religioso o creyente en la vida después de la muerte. En fin, su meta poco a poco se estaba cumpliendo, y cuando menos lo esperaba, ya se encontraba como pasante en el Hospital Universitario. La primera noche que pasó allí cambiaría su forma de ver la vida.
Había tenido una jornada bastante complicada. Atender desde delincuentes baleados hasta niños y ancianos lo tenía bastante exhausto. El hospital es uno de esos lugares que siempre proyecta un aspecto de desidia y tristeza absoluta, pero esas cosas nunca le quitaban la sonrisa de su rostro. Con la caída del sol, ya era el momento de que las sombras arroparan aquellos pasillos donde la iluminación era escasa. Las emergencias, a su vez, ya habían bajado el ritmo y el joven se encontraba más relajado. El Dr. Arias, cuyo humor era totalmente negro y siempre predicaba esas ideas psicópatas de cómo se podía matar a los criminales en la sala de cirugías sin traer malas consecuencias, le pidió el favor de llevar unos documentos a otro colega en la morgue. En el camino se encontró con Richele, una de las jóvenes enfermeras que tenía tiempo en el hospital. “¿A dónde vas? Acompáñame al cafetín”, le dijo. “Llevo esto abajo y luego te alcanzo”, respondió él señalando los papeles. “¿A la morgue? ¿A esta hora? ¡Mosca! A los nuevos los asustan siempre en su primer día”, refutó ella. “Jajaja yo no creo en esas cosas. Estás loca”, aseguró el pasante mientras se alejaba de la chica a toda marcha.
Al llegar, las puertas del ascensor se abrieron y un frío intenso recorrió todo su cuerpo. Era un lugar que parecía que nunca había tenido mantenimiento alguno; el piso con agua, camillas y sillas de ruedas descompuestas por todo el pasillo, las paredes llenas de filtraciones. “¿Cómo es posible que alguien trabaje bajo estas condiciones?”, se preguntó a sí mismo. Logró escuchar una voz muy a lo lejos, el otro doctor seguramente. Se dirigió hacia ella para completar su misión. La puerta, también en malas condiciones, estaba abierta y en el interior no había más que camillas con algunos cuerpos. Pero la voz era más fuerte, había alguien y él lo sabía. Fue abriéndose paso y se dirigió al final de la habitación, allí ocurrió todo. Con una mirada atónita y confusa se me quedó viendo… sí, a mí. Quien
hasta ayer era estudiante de la ECS, muerto en una de las tantas protestas que ocurren en la ciudad, y hoy estaba en esa asquerosa sala esperando que me hicieran la autopsia. ¿Y la voz? La voz era la mía, relatando su historia.