viernes, 31 de marzo de 2017

El último pasante

Estudiar medicina era lo que él siempre había soñado desde niño. Nuestro protagonista es de esas personas a quien le encanta ayudar al prójimo, seguramente por los buenos modales que en su casa aprendió, aunque al final nunca llegó a ser tan religioso o creyente en la vida después de la muerte. En fin, su meta poco a poco se estaba cumpliendo, y cuando menos lo esperaba, ya se encontraba como pasante en el Hospital Universitario. La primera noche que pasó allí cambiaría su forma de ver la vida.

Había tenido una jornada bastante complicada. Atender desde delincuentes baleados hasta niños y ancianos lo tenía bastante exhausto. El hospital es uno de esos lugares que siempre proyecta un aspecto de desidia y tristeza absoluta, pero esas cosas nunca le quitaban la sonrisa de su rostro. Con la caída del sol, ya era el momento de que las sombras arroparan aquellos pasillos donde la iluminación era escasa. Las emergencias, a su vez, ya habían bajado el ritmo y el joven se encontraba más relajado. El Dr. Arias, cuyo humor era totalmente negro y siempre predicaba esas ideas psicópatas de cómo se podía matar a los criminales en la sala de cirugías sin traer malas consecuencias, le pidió el favor de llevar unos documentos a otro colega en la morgue. En el camino se encontró con Richele, una de las jóvenes enfermeras que tenía tiempo en el hospital. “¿A dónde vas? Acompáñame al cafetín”, le dijo. “Llevo esto abajo y luego te alcanzo”, respondió él señalando los papeles. “¿A la morgue? ¿A esta hora? ¡Mosca! A los nuevos los asustan siempre en su primer día”, refutó ella. “Jajaja yo no creo en esas cosas. Estás loca”, aseguró el pasante mientras se alejaba de la chica a toda marcha.

Al llegar, las puertas del ascensor se abrieron y un frío intenso recorrió todo su cuerpo. Era un lugar que parecía que nunca había tenido mantenimiento alguno; el piso con agua, camillas y sillas de ruedas descompuestas por todo el pasillo, las paredes llenas de filtraciones. “¿Cómo es posible que alguien trabaje bajo estas condiciones?”, se preguntó a sí mismo. Logró escuchar una voz muy a lo lejos, el otro doctor seguramente. Se dirigió hacia ella para completar su misión. La puerta, también en malas condiciones, estaba abierta y en el interior no había más que camillas con algunos cuerpos. Pero la voz era más fuerte, había alguien y él lo sabía. Fue abriéndose paso y se dirigió al final de la habitación, allí ocurrió todo. Con una mirada atónita y confusa se me quedó viendo… sí, a mí. Quien
hasta ayer era estudiante de la ECS, muerto en una de las tantas protestas que ocurren en la ciudad, y hoy estaba en esa asquerosa sala esperando que me hicieran la autopsia. ¿Y la voz? La voz era la mía, relatando su historia.

martes, 21 de marzo de 2017

Bajo las nubes la conocí

Todavía recuerdo aquel memorable día, está tan nítido en mi mente que parece que hubiese ocurrido ayer. Todos y cada uno de los detalles de ese momento lo han convertido, no solo en lo más grandioso que me ha pasado en la vida, sino también en un terrible calvario. El amor es algo misterioso y más aún cuando es a primera vista, ¿no les ha pasado?

No era un día normal en la universidad, para nada. Desde tempranas horas se veía mucho movimiento de personas en los alrededores de Plaza Cubierta, pues una gran cantidad de ucevistas estaban ansiosos por recibir el tan anhelado diploma. Y no, lamentándolo mucho yo no era uno de esos afortunados. Estoy segurísimo que ese es uno de los momentos más esperados por los estudiantes desde que ingresan a esta casa de estudio. Luego de años de compartir con amigos y profesores, de pasar horas en la cola del comedor, degustar de una chicha bajo el reloj, descansar en tierra de nadie, estudiar en la biblioteca central, admirar las grandiosas obras en todo el recinto, después de todo eso y más, la euforia de gritar “nos graduamos” o “U U UCV” no tiene precio.

El Aula Magna es seguramente uno de los lugares más emblemáticos, allí donde cumples tus sueños y sientes que eres parte de un universo gigantesco. Justamente ahí, debajo de esas maravillosas nubes, la vi por primera vez. Al principio pensé que estaba soñando, todo a su alrededor estaba en blanco y negro, era ella la única que desprendía colores, la que le daba vida al auditorio entero. Su piel blanca, su cabello negro, su vestido rojo, todo, absolutamente todo me dejaba perplejo, sin palabras. En el fondo tenía miedo de que fuese algo efímero.

Estaba decidido a hablarle, necesitaba saber su nombre, escuchar su voz, algo. Tuvimos un cruce de miradas, fue instantáneo, pero a través de sus ojos vi todo con claridad; fuimos novios, amantes, esposos, con una familia, hasta envejecimos. A medida que daba un paso hacia ella, un sonido agudo en mi cabeza incrementaba su volumen, no lo entendía, era muy molesto. Finalmente estamos cara a cara, a escasos centímetros de distancia, sentía que flotaba sobre una nube, era una sensación de paz y confort. “¿Cómo te llamas?”, le pregunto sin titubear. Ella esconde su mirada sonrojada, pero en seguida me regala una sonrisa. Fue un momento perfecto. Después de unos segundos que se me hicieron décadas decide responderme. Pero ocurre algo, el fastidioso sonido no se detiene, sigue y sigue sonando en mi mente, no logro concentrarme en ella, ¿qué pasa? No entiendo nada… ¡Oh, claro! El despertador me está avisando que es tarde ya. Tengo que levantarme de la cama.

viernes, 17 de marzo de 2017

Mi nombre es Maya

¿Alguna vez han estado en la Ciudad Universitaria? Es, probablemente, uno de mis lugares favoritos de toda Caracas. Aunque los tiempos hayan cambiado bastante, todavía se puede respirar paz por “tierra de nadie”, ahí te desconectas de todos los problemas y preocupaciones que tengas. Todos los días estoy por esta casa de estudio, observando cada pequeño detalle que me regala. Antes de hablarte de mí recorrido diario me presento, mi nombre es Maya y soy una de los tantos seres que aman a la UCV. 

Nunca tengo un horario fijo de llegada, lo que sí puedo asegurar es que todos los días de la semana paso por la universidad. La conozco tanto que sé que cuando no hay una larga cola de estudiantes en los alrededores es porque el comedor no pudo abrir ese día, ya sea por las calderas dañadas, estén fumigando o porque no llegaron los alimentos. ¡Vaya que es complicado andar por la vida sin poder comer nada! En ocasiones, debo recorrer todo el campus para tratar de conseguir algo que me de energías para seguir con mi tour. Afortunadamente, siempre logro resolver.

Uno de los lugares que no me gusta tanto es el Hospital Universitario. Casi que por obligación debo pasar por ahí y ver a muchas personas tristes por sus familiares. Pero el desconsuelo no es lo único que se observa, gente humilde y trabajadora están desde tempranas horas tratando de ganarse un dinerito. Está la señora que vende café, los “abuelitos” que tienen su puestico de chucherías o, inclusive, los malhumorados taxistas, todos ellos dan muestras que en la ciudad universitaria existen seres con deseos de progresar.

Bueno, mejor demos vuelta y regresemos a mis zonas preferidas. Ya a estas alturas deberían saber que la UCV tiene esculturas por todas partes; La Cultura en Plaza Rectorado, El Pastor de las Nubes en Plaza Cubierta, es un museo en espacio abierto, fabuloso ¿no creen? El reloj marca las 2:05 de la tarde y lastimosamente el chichero no vino a trabajar hoy, pero no importa porque no iba a comprar nada, no puedo, solo les quería comentar que no pueden dejar pasar esa rica oportunidad de probar la famosa chicha de la Plaza del Rectorado.

Una de las mejores vistas que puede tener la universidad es en el estadio Olímpico. Con el Ávila al norte y parte de la ciudad al sur, nunca me canso de recorrer este lugar, siempre lo hago antes de irme, pues es el punto de partida perfecto para mí. Ya con la brújula dirigida y con mi próximo destino en mente, vuelvo a desplegar mis alas para seguir surcando los cielos de caraqueños. No hay mejor manera de ver mi ciudad desde las alturas, al fin y al cabo, soy una guacamaya.